Día a día – FICUNAM 10


Lunes 9 – Día 1

El primer día de actividades que Cinesur se congratula en asistir en el Festival Internacional de Cine de la UNAM (primer festival que cubrimos como medio independiente) se desarrolló de una manera totalmente inusitada: #UnDíaSinNosotras hizo de gran evidencia la participación sustancial de las mujeres en las actividades culturales de la Universidad de México, un día semi-vacío con actividades canceladas, pospuestas o disgregadas sin la evidente mayoría de sus integrantes. 


Tuvimos la oportunidad de ver dos largometrajes: un collage de competencia mexicana y un melodrama a lo Terrence Mallick-Badlands belga, logramos realizar nuestra primera entrevista al realizador Lech Kowalski y a la productora Odile Allard quienes presentan el documental Blow it to bits y finalmente asistimos al cóctel de la premiación del programa CATAPULTA del mismo festival en la colonia Cuauhtémoc donde degustamos deliciosas pizzitas, tostadas de cochinita y mezcal desabrido. 


Inauguramos aquí la sección Ahora en México, dedicada (igualmente a FICUNAM) a los estrenos de películas mexicanas en las salas del país, en ella, Fragmentos en la vida de un músico del director regio Pablo Chavarría abre la brecha aceitosa como un propuesta fresca, irreverente y que anima a cualquiera a tomar una cámara y grabar lo que sea que esté enfrente: en San-Cris radica un músico de apellido Frausto (https://www.youtube.com/channel/UCNddj0LuP00109R_-40EbfA) que improvisa el sonido de John Cage y se reúne con amigos a echar las chelas, peguntarse por la música y por la misma película que protagoniza, en esta peli la cuarta pared ni siquiera existe, ha sido destrozada desde que los títulos aparecen. Fragmentos en la vida de un músico experimenta las experimentaciones avant-garde de las décadas pasadas y obsequia un collage de imágenes superpuestas, sonidos y ruidos a dispases intermitentes que culminan en lo que su propio director llama acertadamente “Una comedia atonal”. Insertamos acá el audio de su PyR que la sala Julio Bracho tuvo al final de su función. 


El Badlands (Terrence Malick, 1973) belga pero con pajaritos lo propone el director Fabrice du Welz en la película Adoration, llena de un ñero amor adolescente que Sid y Nancy recelan el cual se desarrolla en el paisaje lluvioso de Bélgica, el esquizo interpretado por Fantine Harduin impulsa el drama meloso que culmina con la impresión (sol naciente) de un final innecesariamente alargado en la concreción. 


Adjuntamos el audio íntegro de la entrevista a Lech Kowalski y Odile Allard en torno a su documental (presentado ya en la Quinzaine des réalisateurs de Cannes) Blow it to bits. (Esperamos subtitularlo pronto).


Finalmente asistimos al cóctel de premiación del programa CATAPULTA del festival en un bar perdido de la colonia Cuauhtémoc, degustamos un mezcal desabrido y perdimos los estribos por la música de una DJ igual de desabrida. Punta de lanza de una semana que se avecina portentosa, llena de cine, aprendizaje, compartir y cortesías de café frío. 

Parásitos (기생충) – Bong Joon-ho 2019

La consecuencia genealógica de Un asunto de familia (2018) de Hirokazu Kore-eda, premiada por la tríada de amigos Alejandro González Iñárritu, Yorgos Lanthimos y Paweł Pawlikowski en el pasado festival de cine de Cannes consiste en una tragicomedia de la Corea del Sur desterritorializada y a mitad de la simbiosis de sus clases sociales, satirizada por un guion esquizofrénico de su mismo director, sentimentalizada por un meta-meta-relato final que conecta con el rezago vívido de los llamados países de ‘tercer’ mundo. Séptimo largometraje del director surcoreano que entretiene, gusta y resuena.


La familia de Ki-taek habita un semisótano en un barrio pobre de Corea del Sur, viven de pequeños trabajos que consiguen al día y que son mal pagados. Ki-jung y Ki-woo, los hermanos jóvenes de la familia, comienzan a trabajar en la casa de la adinerada familia Park, a expensas de la inocencia de la señora Yeon-kyo que trata de darle la mejor educación a sus hijos. Poco a poco toda la familia de Ki-taek logra adentrarse en la casa Park montando una farsa delirante hasta que el abrupto visceral de las clases bajas-pobres ponga fin al montaje.

La metáfora más vívida comienza en la primera toma, el semisótano de cualquier barrio pobre de Corea es fumigado por la sanidad pública, orinado por el vagabundo del barrio, habitado por una hacinada familia Taek sin el preciado internet. Sobre-viven día con día, Ki-Taek padre (súper interpretado por Song Kang-ho -en un papel también posiblemente consecuente del general norcoreano Oh Kyeong-pil en busca de venganza en Área común de seguridad (2000)- y esposo de Chung-sook (Jang Hye-jin) ex-medallista en lanzamiento de martillo, con sus hijos Ki-jung y Ki-woo, jovenes rezagados de una educación de difícil acceso cuando no exclusiva para las clases medias y altas.

Ki-woo sube las escaleras del semisótano y gracias a un amigo suyo es recomendado para dar clases de inglés en un barrio rico de la ciudad. Ki-woo sube la ladera y se adentra en una mansión de diseño adornada por bonsáis, ahí conoce a la señora Yoen-kyo (papelazo inocente de Cho Yeo Jeong) y a la ama de llaves Moon-gwang, preocupadas por la educación sofisticada de sus hijos. Logra adentrarse en confianza familiar y comienza el parasitismo social. Ambas familias son retratadas con precisión de una cámara milimétrica a través de los vértices y rincones de una arquitectura planeada desde un principio. Así como su guion, el diseño de producción de una exactitud inusitada demuestra que el cine asiático es alucinante y poco tiene que ver con la improvisación o las obras abiertas. La concreción del guion, los personajes y los espacios es tal que poco existe fuera de su sátira.

La progresiva clásica puesta en escena se desarrolla con la mayor naturalidad a un ritmo continuo, acompañada de un tema musical de disonancia que augura la visceral repercusión de tanto lujo lustroso; una comicidad feliz se encuentra con el temor de que algo malo sucederá. Esta disonancia que resuena en los últimos veinte minutos, corta de un tajo dos historias completamente distintas pero unificadas en el mismo relato gracias a las dotes poli-genéricas de su director. Su sello, como en otras películas, es deambular entre escenas cómicas y grotescas con repentinos cambios de humor, dotando a la película de un realismo total que no deja escapar a sus espectadores.

El señor Kim conoce todas las calles debajo del paralelo 38, frontera con Corea del Norte, suele tener planes para los malos ratos que la vida le ponga por delante y entristece de repente cuando la violencia le recuerda, de un golpe, que planificar lleva irremediablemente a la decepción. En cierta escena le dice a su hijo que lo mejor es no hacer planes, que en tal situación poco importa que traiciones a tu país o que mates a una persona. El desplante del padre sucede en el contexto de las clases oprimidas e ignoradas; de las personas que se sumen en laboriosas horas de trabajo, que recorren largos trayectos en el metro y que remedian una humilde profunda limpieza de sus pocas ropas. Gestos que traspasan el cotidiano de un país asiático y llegan a un lugar como México clara e inmediatamente.

Bajar las escaleras a las cloacas o a los barrios pobres es sumirse de nuevo en lo real-fantástico de su situación, pareciera que es natural el transcurso de las cosas tal cual acontecen; el señor Park trabaja en una empresa de tecnología y gana lo suficiente como para mantener a las dos familias, los rezagados pueden solo aspirar a entrar a una buena universidad para luego trabajar y hacer lo mismo, poniendo todo el esfuerzo delante de ellos.

El parásito, aquí preguntamos, ¿es realmente la clase social que hace uso de los conocimientos kinestésicos, la memoria, el oficio y la sabiduría fuera del circuito producción-reproducción del sistema neoliberal que bajo sus propias semióticas llama parásitos?, ¿o es, acaso, el sujeto que desterritorializa un paisaje antes-ya-habitado, que toma la cúspide simbólica y real de la ladera -a la que aspiramos- y re-dirige los recursos, traga y deshecha, manda y ordena por las cañerías los residuos de su cimiento y reproduce un juego que en realidad nadie quisiera jugar?

Parásitos es una película llena de géneros distintos que deja reír como deja llorar, con algunos personajes que da la impresión haberles visto en otro lugar, logra una familiaridad como solo pocos directores y más directoras logran hacerlo, de un guion inteligente apto para todas las circunstancias; tal vez su único defecto sea la corretiza obligada para leer y leer, su ritmo frenético que con más minutos pudiera subsanar.

La breve apología de Bong Joon-ho aparece cuando explica que los Park son ‘nuevos ricos’, pero aún con esto, el desenlace deja en claro que la despersonalización de estas historias, o sea, la fábula que deja, tiene origen en el momento en que el socius agarra a los personajes y los despoja de sus aspiraciones, su salud mental, castigo que lleva por el via crucis legaloide y los deshecha en el lugar donde comenzaron, debajo de las escaleras.

La guerra de las galaxias 1977-2020: Una historia de Star Wars

El primer recuerdo vívido que tengo como espectador frente a una película es en la sala de mi casa con una televisión Sony de formato 4:3, una noche de invierno del 2004, después de una odisea por los pasillos de Blockbuster (rip), con mis papás y mi hermana viendo al joven Skywalker en un desierto y en un planeta nevado, enfrentando a su propio padre, teniendo las más fantásticas aventuras con criaturas que parecían osos chiquitos y robots con mucha personalidad (sad beep). Esa noche mi hermana y yo dormimos a las 5 de la mañana con tal de verlas todas de corrido. Luego, la primera sala de cine cuya imagen completa me viene a la cabeza es la de La venganza de los Sith, llena de sables de luz azules y verdes y uno que otro morado, gente disfrazada y yo, sentado en la fila de hasta atrás sin poder dar un solo bocado a mis palomitas. El episodio más triste de la saga me fascinaría tanto que esa misma noche, con ilusión, buscaba el DVD al salir de la función.

Enseguida creces y sin darte cuenta, esos personajes se van quedando en tu corazón, las figuras de acción, los cereales de sabores desconocidos, las tarjetas cromadas y las piezas de Lego van asentando el impacto de las películas y crean un espacio con significado propio; el R2-D2 en el buró, el sable de luz en la parte superior del armario, los disfraces de Halloween y tu amigo al que le dicen el Chewbacca. Todo un universo pop que se adhiere tan naturalmente a tu vida como las demás cosas del capitalismo tardío. Pero aquí vamos a hablar de Star Wars, no de asuntos tan graves.

Supuestamente es a los 27 cuando George Lucas comenzó el borrador del guion de The Star Wars, proyecto rechazado y remendado muchas veces. Solo logró su producción gracias a un contrato adherido a American Graffiti (1973), primero de sus largometrajes, y a la fundación de su propio estudio de efectos especiales: Industrial Light & Magic, -el cual cambiaría totalmente la manera de hacer efectos especiales para películas- después propiedad de Lucasfilm Ltd. después propiedad de The Walt Disney Company; Star Wars (1977) –veintidós años después re-nombrada  Star Wars: Episode IV – A New Hope– tendría un éxito rotundo en las taquillas de los Estados Unidos y poco a poco se convertiría en un clásico de la ciencia ficción.

Este episodio, fuera de la esfera de su universo funciona claramente como una película independiente. Mucho se ha hablado de la habilidad de George Lucas para copiar cualquier Kurosawa, Los siete samuráis (1954) o La fortaleza escondida (1958) y hacer uso de los arquetipos catalogados por Joseph Campbell en How to Read a Myth (1949), y es que, en realidad, Una nueva esperanza apareció como una historia sencilla de seguir, con personajes bien definidos y una trama infantil que sorpresivamente se adueñó del imaginario de toda una generación de espectadores (más aún para quienes tuvieron la fortuna de ver la versión original).

La construcción de Luke, Leia y Han, sesgada por los años, no es sino la de personajes tan transparentes-cliché que se hacen reconocibles con las pocas escenas con las que son presentados; un joven soñador, una princesa en busca de ayuda, un forajido espacial. Deseos ambientados en un entorno increíble que se adhieren inmediatamente a nuestros corazones. Un contenedor de todas las historias clásicas posibles. Aún con esto, aquí señalaremos la injusticia del mito del creador que surgió alrededor George Lucas.

Remitiéndonos a las pruebas: la producción de 1976 fue un total desastre, tres intentos de guion, alargamiento de presupuestos y un milagro deus ex machina en la sala de edición gracias a las 8 manos de primero su esposa, directora y editora Marcia Griffin, de Richard Chew Atrapado sin salida (1975), de T.M. Christopher Amadeus (1984) y  de Paul Hirsch Carrie (1976), cesión que de no haberse realizado -así como en La amenaza fantasma (mucho más parchada, esa vez en computadora)- habría resultado en el churrazo que vemos en el tempo de la puesta en escena, en los diálogos incómodos, los chistes vacíos y en las escenas sin-sentido que, ahora sí, se presentan en La amenaza fantasma (casi su opera prima de no ser por la intrascendencia de American Graffiti).

La expansión del universo Star Wars iniciaría con la película que es considerada la mejor de todas las trilogías. Irvin Kreshner, con El imperio contraataca (1980) re-dirigiría la saga a terrenos más sólidos de las manos de la escritora Leigh Brackett Un largo adiós (1973) y Lawrence Kasdan -también El despertar de la fuerza (2018)-; Luke y Darth Vader darían el mayor giro dramático de la historia del cine, Han Solo redimiría todo su pasado como contrabandista y Leia tomaría el curso de la rebelión en sus manos. Una historia sin principio ni final que sirve como puente perfecto al desenlace en El retorno del Jedi (1983)(de título prematuro -y prueba sumatoria a la escuálida concreción de Lucas- La venganza del Jedi). El retorno del Jedi acabó sin mucho esmero con el mayor Imperio de la galaxia. La re-conversión de Anakin Skywalker, la trascendencia de Yoda y Obi-Wan, el poderío folklórico de los Ewoks y la mesura de Luke. Este cierre, tal vez más interesado en vender un producto, no es extraordinario pero tampoco deja un mal sabor de boca. Tres películas culminaban en 1983 con el principio de una era de la cultura pop. Lucas, en numerosas entrevistas ha reiterado su visión a largo plazo de una historia que necesitaría 40 años para ser contada. De tres trilogías, dos demuestran que su genio es única y exclusivamente literario, nunca jamás cinematográfico.

Su versión de los hechos del nacimiento de Star Wars ha cambiado a lo largo de los años, el primer borrador que entregó a los productores no abarcaba más allá de la historia que vimos desarrollarse en Una nueva esperanza aunque él aseguraría que sí, luego que no, luego que sí. Las subsecuentes entregas son el resultado del esfuerzo del excelente equipo que logró reunir, de los efectos especiales que ingeniaron de la nada y sobre todo del hype y el merchandising. Sin ello, acaso Star Wars (1977) hubiera sido el debut y despedida de esa galaxia muy muy lejana.

La vaca sagrada dirigiría tres episodios más que -ahora sí- gozarían de un trasfondo tecnológico suficiente para dotar de efectos especiales increíbles las peripecias de Anakin Skywalker. Que Jar Jar sea lo primero que se nos viene a la cabeza al pensar en La amenaza fantasma no es el síntoma, sino la verdadera enfermedad; en cierto documental sobre la producción de estas nuevas películas podemos ver cómo el director, con total sinceridad, explica al actor corporal que interpreta a Jar Jar que su papel es clave para el desarrollo de la película, pues es el personaje más carismático, hilarante.

Con el inicio cronológico de Star Wars observamos todo el trasfondo político que orilló a la galaxia a una época de guerras, intrigas y traiciones. Conocemos a la mítica Orden Jedi que deja frente a sus ojos ciegos ascender al senador Palpatine de simple senador a canciller supremo y así lograr el círculo político de su plan, instaurando el Imperio en toda la galaxia. De esta trilogía de precuelas mucho puede criticarse en cuanto a desarrollo de la narrativa y a su contenido, mas sin embargo, haciendo un esfuerzo por ver el panorama completo de las tres trilogías, lo que nos parece importante son las motivaciones de sus personajes, las acciones que tuvieron que tomar para que Luke fuera, realmente, la última esperanza. La adopción del pequeño Ani por Qui-Gon Jinn y su paso a manos de Obi-Wan, el exilio momentáneo de Padmé Amidala que inclinó la balanza del poder simbólico hacia Jar Jar Binks y la propuesta de éste para otorgarle poderes especiales a Palpatine, la muerte de la madre de Anakin a manos de los moradores de las arenas y la promesa que le hace de ser más fuerte y no dejar que mueran las personas a las que quiere, la desconfianza de Mace Windu hacia Anakin, la pasividad contemplativa de Yoda y la inocencia de Obi-Wan. Todas piezas de lo que parece un plan mayor que encaminan la historia a un solo trágico desenlace: el amor encamina al miedo y éste a la ira. I, II y III. Esta trilogía, no por lo concreto, sino dentro de lo simbólico, es perfecta, la senda que recorre Anakin es suficiente para entender cómo nunca fue, en ninguno de esos momentos, el destinado a traer equilibrio a la fuerza.

La visión de la fuerza que más o menos se mantiene durante los episodios IV, V, VI, II, III y VII se basa en el despojo de las emociones para no sucumbir en la posesión, luego en el temor luego en la ira. Y el papel que juega la Orden Jedi es de un hermetismo completo, mismo que inevitablemente cosecha su propio fin. La inflexibilidad de Yoda y Windu acaso representó el desborde de Darth Vader, el mal nace por el empuje del bien. Dentro de la referencialidad sintoísta-taoísta de Star Wars, la energía rodea a todas las cosas por igual y lo llamado bien o mal, la vida o la muerte, no son más que los conductores o los contenedores de esa energía que será usada con propósitos bien distintos. Al final del ciclo (medianamente planeado del episodio I al VI) es cuando Darth Vader se reconoce a sí mismo en su hijo, deja de luchar internamente y decide por el bien, arrojando a Darth Sidious al vacío. El círculo del bien es siempre a la defensiva, Luke solo se defiende y nunca da el golpe mortal, rehúye de luchar contra el Emperador, (igualmente en El ascenso de Skywalker (2019) Rey solo detiene y redirige las descargar de Palpatine).

De la triste, abarrotada última entrega del 2019 podríamos concluir que Rey rompe con el ciclo de la tradición jedi, si bien en el canon el sable amarillo es usado por los guardianes del templo jedi, acá no hay referencia alguna a que ella tenga intensión de comenzar de nuevo una serie de enseñanza, al contrario, sepulta en la tumba-casa de Tatooine los sables de Luke y Leia y de su bastón de carroñera surge el dorado que igualmente puede funcionar como el sable de Ashoka Tano, de no-jedi, y comenzar así, una nueva era en el universo de aquella galaxia.

¿A quién achacar ahora lo disparejo del VIII y IX? ¿A Rian Johnson quien sorpresivamente también dirigió Ozymandias – Breaking Bad (2008) o a Chris Terrio quien escribió para Argo (2012)? ¿O a la indecisión de Disney y la resignación de J.J. Abrams? No. A nosotros mismos, que seguimos respondiendo a los sentimientos de una trilogía que nunca volverá, y vamos y compramos un boleto de algo que no queremos ver. Vean lo que nos dan ahora, un producto que se digiere fácil, unos efectos especiales magníficos que no tienen sabor, pues aunque la música de John Williams siga por ahí, ya no es la misma; las remasterizaciones apresuran una banda sonora que vive de su tiempo, el sacrilegio de omitir compases abate totalmente el efecto de permanencia. Aunque cueste reconocerlo, nada igualará al tema de la princesa Leia, la puesta de sol de Tatooine, la marcha de Darth Vader, la investidura de los héroes tras la batalla de Endor…

Ojalá el futuro no aniquile también la figura del carismático Obi-Wan como lo hizo con la de Han y Lando, ojalá Disney entienda de razones e invierta en productos que se arriesguen y traten de hacer cine, que sean consecuentes una detrás de otra, que sí, expandan esta galaxia lejana pero que también cuenten historias que nosotros queremos ver. Dos apéndices lo merecerían la serie animada de Star Wars: Clone Wars (2003) que en episodios cortísimos relatan cómo fueron decisivas las guerras clones para el desarrollo de los personajes (porque aceptémoslo, a nadie le gusta ver la muerte de Kit Fisto a dos sablazos), y otro sería para la sorprendente Rouge One: una historia de Star Wars (2016), concreta, creíble y asombrosa por los retornos inigualables y necesarios de Darth Vader y la princesa Leia.

Rogue One: A Star Wars Story (Felicity Jones) Ph: Film Frame ©Lucasfilm LFL

Disney controla una inmensidad del entretenimiento cinematográfico de los Estados Unidos. A nadie sorprenda que nos quedemos sin más remedio que ver los nuevos episodios de una franquicia que no dejarán morir en paz en un buen rato y que en realidad ya no estamos seguros si queremos seguir viendo. El poder del boleto aún será nuestro.

Star Wars comenzó como un experimento que tuvo la fortuna de salir a flote, continuó por las energías de un grupo de personas que pusieron su ingenio creativo con una totalidad innegable y se desarrolló por la necedad de un escritor que buscaba la independencia total de las empresas productoras de Hollywood. La historia que todas ellas cuentan es una tragicomedia espacial, la saga Skywalker recorre la galaxia en busca del amor, del poder, la justicia y la redención. Y después de todo, esa galaxia lejana, ese atardecer de dos soles, está muy cerca de nosotros. Por mi parte, y como siempre he hecho, seguiré usando la Fuerza para abrir todas las puertas automáticas que la vida ponga en mi camino.


Largo viaje hacia la noche (地球最后的夜晚) – Bi Gan 2018

El director chino de 30 años, Bi Gan, regresa después de Kaili Blues (2016) con una película que cuenta una historia sencilla de una manera difícil, retrata la lúgubre China de en-medio, rural y contemporánea, un paisaje arquitectónico abigarrado y decadente a lo decorado de Andrei Tarkovsky Stalker: La zona (1979) y que exige el tiempo expectante de un Theo Angelopoulos Paisaje en la niebla (1988), con un final irrepetible a una-sola-toma (a seis manos: Yao Hung-i, Dong Jinsong y David Chizallet) de casi una hora de duración, técnicamente más compleja que El arca rusa (Tilman Büttner, 2003) o Victoria (Sturla Brandth, 2015) que hace uso del 3D para adentrarnos en el sueño de su protagonista.


Debido a la muerte de su padre, Luo Hongwu vuelve del auto-exilio al pueblo donde vivió su juventud, Kaili. Hereda una camioneta descompuesta y un reloj de pared dentro del cual encuentra una fotografía que él cree es de la mujer que amó años atrás, de la que nunca supo su verdadero nombre y a la que no ha logrado olvidar: Wan Qiwen. Comienza a recordar cómo conoció a aquella mujer y a buscar pistas sobre su paradero.

Cada vez que la veía sabía que estaba soñando otra vez

Esta película comienza con una escena que funciona como un pequeño resumen de todo lo que Bi Gan va a desarrollar a lo largo de 130 minutos: en una habitación de hotel, Luo Hongwu (Huang Jue) despierta de un sueño (o sale de un ensimismamiento) que le recuerda a la mujer que amó. Cada vez que está a punto de olvidarla, Luo sueña con ella y es en esas ocasiones que va construyendo una imagen parcial y a veces errónea de lo que ella era en realidad.

El olvido que 12 años de exilio trae consigo y el difícil ejercicio de re-memorar todas las veces que estuvo a su lado hacen que Luo sufra la ausencia de una figura que siempre fue imposible; como ‘mujer fatal’ (constructo siempre dudoso por la castración de la posesividad patri-arcal), Wan Qiwen, (Tang Wei con vestido verde y triple papel), se despoja de su situación social de pueblerina clase-baja para situarse al lado del gánster de Kaili, un Zuo Hongyuan (Yongzhong Chen) carismático y asesino, que canta el karaoke frente a sus víctimas y que ve en Wan Qiwen una perla asequible.

El recuerdo y el olvido de Luo van componiendo a lo largo de las escenas, como un rompecabezas mental, el retrato de un amor perdido y la imagen de un pueblo que antes fue suyo. Los conocidos y las pistas que le llevan al paradero de Wan no le ayudan más que para repasar las tristezas de su vida pasada y los deseos incumplidos en un lugar donde todo parece desmoronarse, al igual que su memoria y su seguridad.

Ella era una gran narradora, yo no podía distinguir lo que era real de lo que era falso

La traducción literal del título Di qiu zui hou de ye wan sería el inglés Last day on Earth (Último día en la Tierra) y esto cobra sentido cuando Luo, en la secuencia final, se desapega de su condición terrenal-lógica que lo lleva por un camino lineal y se adentra a deambular por la esfera de un sueño. Como un testigo que acepta todo tal cual le viene, sigue a sus guías dentro de esa fantasía. Todo lo que recuerda y todo lo que ha soñado se conjuntan en la última noche en la tierra; para Luo la diferencia entre soñar y recordar nunca es clara, así como para el espectador que paralelamente debe unir las pistas de un guion que descompone la trama en todas y cada una de las escenas.

El pasado y el presente juegan con la encriptación de una historia simple, y quizá repetida; el amor desencadena sucesos trágicos, el exilio y luego el regreso re-inician el ciclo de deseo y vaga esperanza de un protagonista desolado, primero por el abandono de su madre, luego por la muerte de su padre y siempre por la cantante desvanecida.

Los pocos personajes que intervienen son suficientes para componer un retrato justo de todo lo que aconteció en Kaili años atrás, y además van aportando los enclaves que luego Bi Gan utilizará para dotar de una dimensión poética a un plano-secuencia único; asocia los segmentos de la realidad, como el color del cabello de la mamá de Gato Salvaje, el casino al que nunca llegaron Luo y Wan, sus frutas favoritas y las anécdotas de la madre de Luo, para activarlos en un déjà vecu constante de casi 1 hora de duración.

Si dices el hechizo la casa de los amantes se sacudirá

La mina-laberinto es el inicio del viaje hacia lo desconocido, la inmersión en el 3D por lo técnico, es obvia, pero aquí es también una manera de aproximarse al crisol del sueño, de ver un Aleph donde todo va sucediendo consecutivamente. Es un sueño. El plano secuencia funciona con una fluidez extraña para lo que es el terreno de Kaili; un sinfín de montañas y valles. Así, pasamos de estar atrapados dentro de una mina a sobrevolar el pueblo iluminado por luces neón de un show de karaoke nocturno.

La fotografía es impecable; todos sus encuadres están muy bien planeados, juega con los espacios cotidianos y se convierten en espacios virtuales, a través de cristales, ventanas y charcos crea un espacio cinematográfico amplísimo que trasciende los tres planos básicos de la fotografía. Y el uso de este espacio es total, ninguno de los actores se limita a estar sentado o parado recitando diálogos; la simbiosis es completa y vemos múltiples apropiaciones corporales del espacio real y del cinematográfico; los amantes se besan en el piso de la casa inundada, la mamá de Gato Salvaje baila frente a la televisión, el papá fallecido nos observa directamente: volamos sobre las ruinas de un pueblo en sus últimas…

La bengala y el reloj son las dos grandes metáforas de esta película. Antes de despedirse de su mamá-fantasma, Luo le quita su pertenencia más valiosa y aquella que nunca, en realidad, pudo arrebatarle: su tiempo. Kaizhen a cambio le da una bengala que se consume en un minuto. Tiempo suficiente para que al fin vuelva a amar a Wan Qiwen, o a su fantasma, o a Kaizhen, o a Chen Huixian, o todos sus recuerdos mezclados en uno solo; un minuto que se alarga para ver uno de los besos más bellos jamás filmados.

Aun con esto nada es perfecto, la poesía de la película, así como su guion pueden ser muy engañosos, la traducción al español desde-el-inglés-desde-el-chino no es acertada, pues solo complica el desmarañamiento de la trama y nos orilla a confundir algunos personajes con otros.           

Largo viaje hacia la noche es una de las películas mejor modeladas de los últimos años. Bi Gan controla todos los elementos del cine para crear una obra que en sí misma es una complejidad inusitada. Re-crea indudablemente la relación cuerpo-ambiente-deseo que vive el pequeño Kaili (falso Kaili en realidad moderno) y sublima desde una historia de amor, un relato del sueño, la memoria y el olvido. La línea llega al final, donde aguarda una bengala que siempre se consumirá.

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