Largo viaje hacia la noche (地球最后的夜晚) – Bi Gan 2018

El director chino de 30 años, Bi Gan, regresa después de Kaili Blues (2016) con una película que cuenta una historia sencilla de una manera difícil, retrata la lúgubre China de en-medio, rural y contemporánea, un paisaje arquitectónico abigarrado y decadente a lo decorado de Andrei Tarkovsky Stalker: La zona (1979) y que exige el tiempo expectante de un Theo Angelopoulos Paisaje en la niebla (1988), con un final irrepetible a una-sola-toma (a seis manos: Yao Hung-i, Dong Jinsong y David Chizallet) de casi una hora de duración, técnicamente más compleja que El arca rusa (Tilman Büttner, 2003) o Victoria (Sturla Brandth, 2015) que hace uso del 3D para adentrarnos en el sueño de su protagonista.


Debido a la muerte de su padre, Luo Hongwu vuelve del auto-exilio al pueblo donde vivió su juventud, Kaili. Hereda una camioneta descompuesta y un reloj de pared dentro del cual encuentra una fotografía que él cree es de la mujer que amó años atrás, de la que nunca supo su verdadero nombre y a la que no ha logrado olvidar: Wan Qiwen. Comienza a recordar cómo conoció a aquella mujer y a buscar pistas sobre su paradero.

Cada vez que la veía sabía que estaba soñando otra vez

Esta película comienza con una escena que funciona como un pequeño resumen de todo lo que Bi Gan va a desarrollar a lo largo de 130 minutos: en una habitación de hotel, Luo Hongwu (Huang Jue) despierta de un sueño (o sale de un ensimismamiento) que le recuerda a la mujer que amó. Cada vez que está a punto de olvidarla, Luo sueña con ella y es en esas ocasiones que va construyendo una imagen parcial y a veces errónea de lo que ella era en realidad.

El olvido que 12 años de exilio trae consigo y el difícil ejercicio de re-memorar todas las veces que estuvo a su lado hacen que Luo sufra la ausencia de una figura que siempre fue imposible; como ‘mujer fatal’ (constructo siempre dudoso por la castración de la posesividad patri-arcal), Wan Qiwen, (Tang Wei con vestido verde y triple papel), se despoja de su situación social de pueblerina clase-baja para situarse al lado del gánster de Kaili, un Zuo Hongyuan (Yongzhong Chen) carismático y asesino, que canta el karaoke frente a sus víctimas y que ve en Wan Qiwen una perla asequible.

El recuerdo y el olvido de Luo van componiendo a lo largo de las escenas, como un rompecabezas mental, el retrato de un amor perdido y la imagen de un pueblo que antes fue suyo. Los conocidos y las pistas que le llevan al paradero de Wan no le ayudan más que para repasar las tristezas de su vida pasada y los deseos incumplidos en un lugar donde todo parece desmoronarse, al igual que su memoria y su seguridad.

Ella era una gran narradora, yo no podía distinguir lo que era real de lo que era falso

La traducción literal del título Di qiu zui hou de ye wan sería el inglés Last day on Earth (Último día en la Tierra) y esto cobra sentido cuando Luo, en la secuencia final, se desapega de su condición terrenal-lógica que lo lleva por un camino lineal y se adentra a deambular por la esfera de un sueño. Como un testigo que acepta todo tal cual le viene, sigue a sus guías dentro de esa fantasía. Todo lo que recuerda y todo lo que ha soñado se conjuntan en la última noche en la tierra; para Luo la diferencia entre soñar y recordar nunca es clara, así como para el espectador que paralelamente debe unir las pistas de un guion que descompone la trama en todas y cada una de las escenas.

El pasado y el presente juegan con la encriptación de una historia simple, y quizá repetida; el amor desencadena sucesos trágicos, el exilio y luego el regreso re-inician el ciclo de deseo y vaga esperanza de un protagonista desolado, primero por el abandono de su madre, luego por la muerte de su padre y siempre por la cantante desvanecida.

Los pocos personajes que intervienen son suficientes para componer un retrato justo de todo lo que aconteció en Kaili años atrás, y además van aportando los enclaves que luego Bi Gan utilizará para dotar de una dimensión poética a un plano-secuencia único; asocia los segmentos de la realidad, como el color del cabello de la mamá de Gato Salvaje, el casino al que nunca llegaron Luo y Wan, sus frutas favoritas y las anécdotas de la madre de Luo, para activarlos en un déjà vecu constante de casi 1 hora de duración.

Si dices el hechizo la casa de los amantes se sacudirá

La mina-laberinto es el inicio del viaje hacia lo desconocido, la inmersión en el 3D por lo técnico, es obvia, pero aquí es también una manera de aproximarse al crisol del sueño, de ver un Aleph donde todo va sucediendo consecutivamente. Es un sueño. El plano secuencia funciona con una fluidez extraña para lo que es el terreno de Kaili; un sinfín de montañas y valles. Así, pasamos de estar atrapados dentro de una mina a sobrevolar el pueblo iluminado por luces neón de un show de karaoke nocturno.

La fotografía es impecable; todos sus encuadres están muy bien planeados, juega con los espacios cotidianos y se convierten en espacios virtuales, a través de cristales, ventanas y charcos crea un espacio cinematográfico amplísimo que trasciende los tres planos básicos de la fotografía. Y el uso de este espacio es total, ninguno de los actores se limita a estar sentado o parado recitando diálogos; la simbiosis es completa y vemos múltiples apropiaciones corporales del espacio real y del cinematográfico; los amantes se besan en el piso de la casa inundada, la mamá de Gato Salvaje baila frente a la televisión, el papá fallecido nos observa directamente: volamos sobre las ruinas de un pueblo en sus últimas…

La bengala y el reloj son las dos grandes metáforas de esta película. Antes de despedirse de su mamá-fantasma, Luo le quita su pertenencia más valiosa y aquella que nunca, en realidad, pudo arrebatarle: su tiempo. Kaizhen a cambio le da una bengala que se consume en un minuto. Tiempo suficiente para que al fin vuelva a amar a Wan Qiwen, o a su fantasma, o a Kaizhen, o a Chen Huixian, o todos sus recuerdos mezclados en uno solo; un minuto que se alarga para ver uno de los besos más bellos jamás filmados.

Aun con esto nada es perfecto, la poesía de la película, así como su guion pueden ser muy engañosos, la traducción al español desde-el-inglés-desde-el-chino no es acertada, pues solo complica el desmarañamiento de la trama y nos orilla a confundir algunos personajes con otros.           

Largo viaje hacia la noche es una de las películas mejor modeladas de los últimos años. Bi Gan controla todos los elementos del cine para crear una obra que en sí misma es una complejidad inusitada. Re-crea indudablemente la relación cuerpo-ambiente-deseo que vive el pequeño Kaili (falso Kaili en realidad moderno) y sublima desde una historia de amor, un relato del sueño, la memoria y el olvido. La línea llega al final, donde aguarda una bengala que siempre se consumirá.

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