La guerra de las galaxias 1977-2020: Una historia de Star Wars

El primer recuerdo vívido que tengo como espectador frente a una película es en la sala de mi casa con una televisión Sony de formato 4:3, una noche de invierno del 2004, después de una odisea por los pasillos de Blockbuster (rip), con mis papás y mi hermana viendo al joven Skywalker en un desierto y en un planeta nevado, enfrentando a su propio padre, teniendo las más fantásticas aventuras con criaturas que parecían osos chiquitos y robots con mucha personalidad (sad beep). Esa noche mi hermana y yo dormimos a las 5 de la mañana con tal de verlas todas de corrido. Luego, la primera sala de cine cuya imagen completa me viene a la cabeza es la de La venganza de los Sith, llena de sables de luz azules y verdes y uno que otro morado, gente disfrazada y yo, sentado en la fila de hasta atrás sin poder dar un solo bocado a mis palomitas. El episodio más triste de la saga me fascinaría tanto que esa misma noche, con ilusión, buscaba el DVD al salir de la función.

Enseguida creces y sin darte cuenta, esos personajes se van quedando en tu corazón, las figuras de acción, los cereales de sabores desconocidos, las tarjetas cromadas y las piezas de Lego van asentando el impacto de las películas y crean un espacio con significado propio; el R2-D2 en el buró, el sable de luz en la parte superior del armario, los disfraces de Halloween y tu amigo al que le dicen el Chewbacca. Todo un universo pop que se adhiere tan naturalmente a tu vida como las demás cosas del capitalismo tardío. Pero aquí vamos a hablar de Star Wars, no de asuntos tan graves.

Supuestamente es a los 27 cuando George Lucas comenzó el borrador del guion de The Star Wars, proyecto rechazado y remendado muchas veces. Solo logró su producción gracias a un contrato adherido a American Graffiti (1973), primero de sus largometrajes, y a la fundación de su propio estudio de efectos especiales: Industrial Light & Magic, -el cual cambiaría totalmente la manera de hacer efectos especiales para películas- después propiedad de Lucasfilm Ltd. después propiedad de The Walt Disney Company; Star Wars (1977) –veintidós años después re-nombrada  Star Wars: Episode IV – A New Hope– tendría un éxito rotundo en las taquillas de los Estados Unidos y poco a poco se convertiría en un clásico de la ciencia ficción.

Este episodio, fuera de la esfera de su universo funciona claramente como una película independiente. Mucho se ha hablado de la habilidad de George Lucas para copiar cualquier Kurosawa, Los siete samuráis (1954) o La fortaleza escondida (1958) y hacer uso de los arquetipos catalogados por Joseph Campbell en How to Read a Myth (1949), y es que, en realidad, Una nueva esperanza apareció como una historia sencilla de seguir, con personajes bien definidos y una trama infantil que sorpresivamente se adueñó del imaginario de toda una generación de espectadores (más aún para quienes tuvieron la fortuna de ver la versión original).

La construcción de Luke, Leia y Han, sesgada por los años, no es sino la de personajes tan transparentes-cliché que se hacen reconocibles con las pocas escenas con las que son presentados; un joven soñador, una princesa en busca de ayuda, un forajido espacial. Deseos ambientados en un entorno increíble que se adhieren inmediatamente a nuestros corazones. Un contenedor de todas las historias clásicas posibles. Aún con esto, aquí señalaremos la injusticia del mito del creador que surgió alrededor George Lucas.

Remitiéndonos a las pruebas: la producción de 1976 fue un total desastre, tres intentos de guion, alargamiento de presupuestos y un milagro deus ex machina en la sala de edición gracias a las 8 manos de primero su esposa, directora y editora Marcia Griffin, de Richard Chew Atrapado sin salida (1975), de T.M. Christopher Amadeus (1984) y  de Paul Hirsch Carrie (1976), cesión que de no haberse realizado -así como en La amenaza fantasma (mucho más parchada, esa vez en computadora)- habría resultado en el churrazo que vemos en el tempo de la puesta en escena, en los diálogos incómodos, los chistes vacíos y en las escenas sin-sentido que, ahora sí, se presentan en La amenaza fantasma (casi su opera prima de no ser por la intrascendencia de American Graffiti).

La expansión del universo Star Wars iniciaría con la película que es considerada la mejor de todas las trilogías. Irvin Kreshner, con El imperio contraataca (1980) re-dirigiría la saga a terrenos más sólidos de las manos de la escritora Leigh Brackett Un largo adiós (1973) y Lawrence Kasdan -también El despertar de la fuerza (2018)-; Luke y Darth Vader darían el mayor giro dramático de la historia del cine, Han Solo redimiría todo su pasado como contrabandista y Leia tomaría el curso de la rebelión en sus manos. Una historia sin principio ni final que sirve como puente perfecto al desenlace en El retorno del Jedi (1983)(de título prematuro -y prueba sumatoria a la escuálida concreción de Lucas- La venganza del Jedi). El retorno del Jedi acabó sin mucho esmero con el mayor Imperio de la galaxia. La re-conversión de Anakin Skywalker, la trascendencia de Yoda y Obi-Wan, el poderío folklórico de los Ewoks y la mesura de Luke. Este cierre, tal vez más interesado en vender un producto, no es extraordinario pero tampoco deja un mal sabor de boca. Tres películas culminaban en 1983 con el principio de una era de la cultura pop. Lucas, en numerosas entrevistas ha reiterado su visión a largo plazo de una historia que necesitaría 40 años para ser contada. De tres trilogías, dos demuestran que su genio es única y exclusivamente literario, nunca jamás cinematográfico.

Su versión de los hechos del nacimiento de Star Wars ha cambiado a lo largo de los años, el primer borrador que entregó a los productores no abarcaba más allá de la historia que vimos desarrollarse en Una nueva esperanza aunque él aseguraría que sí, luego que no, luego que sí. Las subsecuentes entregas son el resultado del esfuerzo del excelente equipo que logró reunir, de los efectos especiales que ingeniaron de la nada y sobre todo del hype y el merchandising. Sin ello, acaso Star Wars (1977) hubiera sido el debut y despedida de esa galaxia muy muy lejana.

La vaca sagrada dirigiría tres episodios más que -ahora sí- gozarían de un trasfondo tecnológico suficiente para dotar de efectos especiales increíbles las peripecias de Anakin Skywalker. Que Jar Jar sea lo primero que se nos viene a la cabeza al pensar en La amenaza fantasma no es el síntoma, sino la verdadera enfermedad; en cierto documental sobre la producción de estas nuevas películas podemos ver cómo el director, con total sinceridad, explica al actor corporal que interpreta a Jar Jar que su papel es clave para el desarrollo de la película, pues es el personaje más carismático, hilarante.

Con el inicio cronológico de Star Wars observamos todo el trasfondo político que orilló a la galaxia a una época de guerras, intrigas y traiciones. Conocemos a la mítica Orden Jedi que deja frente a sus ojos ciegos ascender al senador Palpatine de simple senador a canciller supremo y así lograr el círculo político de su plan, instaurando el Imperio en toda la galaxia. De esta trilogía de precuelas mucho puede criticarse en cuanto a desarrollo de la narrativa y a su contenido, mas sin embargo, haciendo un esfuerzo por ver el panorama completo de las tres trilogías, lo que nos parece importante son las motivaciones de sus personajes, las acciones que tuvieron que tomar para que Luke fuera, realmente, la última esperanza. La adopción del pequeño Ani por Qui-Gon Jinn y su paso a manos de Obi-Wan, el exilio momentáneo de Padmé Amidala que inclinó la balanza del poder simbólico hacia Jar Jar Binks y la propuesta de éste para otorgarle poderes especiales a Palpatine, la muerte de la madre de Anakin a manos de los moradores de las arenas y la promesa que le hace de ser más fuerte y no dejar que mueran las personas a las que quiere, la desconfianza de Mace Windu hacia Anakin, la pasividad contemplativa de Yoda y la inocencia de Obi-Wan. Todas piezas de lo que parece un plan mayor que encaminan la historia a un solo trágico desenlace: el amor encamina al miedo y éste a la ira. I, II y III. Esta trilogía, no por lo concreto, sino dentro de lo simbólico, es perfecta, la senda que recorre Anakin es suficiente para entender cómo nunca fue, en ninguno de esos momentos, el destinado a traer equilibrio a la fuerza.

La visión de la fuerza que más o menos se mantiene durante los episodios IV, V, VI, II, III y VII se basa en el despojo de las emociones para no sucumbir en la posesión, luego en el temor luego en la ira. Y el papel que juega la Orden Jedi es de un hermetismo completo, mismo que inevitablemente cosecha su propio fin. La inflexibilidad de Yoda y Windu acaso representó el desborde de Darth Vader, el mal nace por el empuje del bien. Dentro de la referencialidad sintoísta-taoísta de Star Wars, la energía rodea a todas las cosas por igual y lo llamado bien o mal, la vida o la muerte, no son más que los conductores o los contenedores de esa energía que será usada con propósitos bien distintos. Al final del ciclo (medianamente planeado del episodio I al VI) es cuando Darth Vader se reconoce a sí mismo en su hijo, deja de luchar internamente y decide por el bien, arrojando a Darth Sidious al vacío. El círculo del bien es siempre a la defensiva, Luke solo se defiende y nunca da el golpe mortal, rehúye de luchar contra el Emperador, (igualmente en El ascenso de Skywalker (2019) Rey solo detiene y redirige las descargar de Palpatine).

De la triste, abarrotada última entrega del 2019 podríamos concluir que Rey rompe con el ciclo de la tradición jedi, si bien en el canon el sable amarillo es usado por los guardianes del templo jedi, acá no hay referencia alguna a que ella tenga intensión de comenzar de nuevo una serie de enseñanza, al contrario, sepulta en la tumba-casa de Tatooine los sables de Luke y Leia y de su bastón de carroñera surge el dorado que igualmente puede funcionar como el sable de Ashoka Tano, de no-jedi, y comenzar así, una nueva era en el universo de aquella galaxia.

¿A quién achacar ahora lo disparejo del VIII y IX? ¿A Rian Johnson quien sorpresivamente también dirigió Ozymandias – Breaking Bad (2008) o a Chris Terrio quien escribió para Argo (2012)? ¿O a la indecisión de Disney y la resignación de J.J. Abrams? No. A nosotros mismos, que seguimos respondiendo a los sentimientos de una trilogía que nunca volverá, y vamos y compramos un boleto de algo que no queremos ver. Vean lo que nos dan ahora, un producto que se digiere fácil, unos efectos especiales magníficos que no tienen sabor, pues aunque la música de John Williams siga por ahí, ya no es la misma; las remasterizaciones apresuran una banda sonora que vive de su tiempo, el sacrilegio de omitir compases abate totalmente el efecto de permanencia. Aunque cueste reconocerlo, nada igualará al tema de la princesa Leia, la puesta de sol de Tatooine, la marcha de Darth Vader, la investidura de los héroes tras la batalla de Endor…

Ojalá el futuro no aniquile también la figura del carismático Obi-Wan como lo hizo con la de Han y Lando, ojalá Disney entienda de razones e invierta en productos que se arriesguen y traten de hacer cine, que sean consecuentes una detrás de otra, que sí, expandan esta galaxia lejana pero que también cuenten historias que nosotros queremos ver. Dos apéndices lo merecerían la serie animada de Star Wars: Clone Wars (2003) que en episodios cortísimos relatan cómo fueron decisivas las guerras clones para el desarrollo de los personajes (porque aceptémoslo, a nadie le gusta ver la muerte de Kit Fisto a dos sablazos), y otro sería para la sorprendente Rouge One: una historia de Star Wars (2016), concreta, creíble y asombrosa por los retornos inigualables y necesarios de Darth Vader y la princesa Leia.

Rogue One: A Star Wars Story (Felicity Jones) Ph: Film Frame ©Lucasfilm LFL

Disney controla una inmensidad del entretenimiento cinematográfico de los Estados Unidos. A nadie sorprenda que nos quedemos sin más remedio que ver los nuevos episodios de una franquicia que no dejarán morir en paz en un buen rato y que en realidad ya no estamos seguros si queremos seguir viendo. El poder del boleto aún será nuestro.

Star Wars comenzó como un experimento que tuvo la fortuna de salir a flote, continuó por las energías de un grupo de personas que pusieron su ingenio creativo con una totalidad innegable y se desarrolló por la necedad de un escritor que buscaba la independencia total de las empresas productoras de Hollywood. La historia que todas ellas cuentan es una tragicomedia espacial, la saga Skywalker recorre la galaxia en busca del amor, del poder, la justicia y la redención. Y después de todo, esa galaxia lejana, ese atardecer de dos soles, está muy cerca de nosotros. Por mi parte, y como siempre he hecho, seguiré usando la Fuerza para abrir todas las puertas automáticas que la vida ponga en mi camino.


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