Ya no estoy aquí – Fernando Frías (2019)

Diametralmente opuesta a la comedia repetitiva de Cindy (Cindy la Regia, 2020) Ya no estoy aquí de Fernando Frías relata el círculo musical de un Ulises mexicano –alter ego del músico regiomontano Juan Daniel García Treviño y hasta entonces solo músico-, miembro de los Terkos, pandilla de la subcultura Kolombia quien se marcha de su hogar ubicado en la periferia de Monterrey para cruzarse a los states y cargar con una identidad que poco a poco se desvanece en dos países que se vuelven irreconocibles.

El círculo musical de Ulises comienza con su partida a Nueva York; en las complicadas calles de la periferia de Monterrey toma un automóvil no sin antes despedirse de la Chaparra, con un “Terkos por siempre”, llega a vivir a la sala de un contacto de su madre, trabaja en la construcción y sigue escuchando su música recordando a sus amigos y las noches de cumbia rebajada. Y en paralelo vemos cómo fue que meses atrás los cholombianos y la identidad de su barrio entero se vio afectada frente al incipiente narcotráfico de la guerra de Calderón: entre flashbacks y una mezcla extrañísima de Yibran Asuad (La casa de las flores), Ulises deambula entre México y Estados Unidos, entre el recuerdo de un cotidiano donde lo único que importaba era pasar el día bailando y recorriendo las calles de su barrio y la nueva vida en un país llamado de primer mundo, con una única amiga súper carismática Lin (Xueming Chen) a la que tampoco entiende mucho. Ulises vive de un único recuerdo y como Odiseo también desea regresar a casa.

Fernando Frías muestra un círculo musical donde el tiempo también es medio incierto e inserta elementos narrativos como si se tratara de una historia rebajada; los paralelismos no desembocan en conflictos y al final parece que no pasa mucho, pero precisamente por ese tiempo alargado, por ese acercamiento a la road movie es que Ya no estoy aquí se convierte en la tristeza del recuerdo desvaneciéndose. El sentido de regresar a la década pasada, que aunque reciente se siente muy lejana, es el de traer a la vida una de las tantas identidades perdidas antes de que la violencia azotara al país con todas sus fuerzas.

Aunque la jerga cholombiana fluye como una lengua punzante, infinita de diálogos entrecortados, groseros y aliterantes, los personajes realmente se apropian del espacio por su corporalidad, las vueltas al ritmo de la música y los pasos en conjunto cohesionan a una generación que poco tenía que ver con la narcocultura que le seguiría. Fernando Frías escribe lo mismo durante toda la película; una identidad que no surge del buen verbo ni de las explicaciones sesudas sino del interminable relato de un ahora.

Ulises quiere regresar a casa y cuando decide hacerlo no encuentra nada. Sí, su familia sigue ahí, su casa sigue ahí y lo mismo con la mayoría de sus viejos amigos, pero los golpes del narcotráfico son evidentes, el noticiero y las estaciones de radio anuncian la violencia y ahora ya nadie baila en las calles. Ya no estoy aquí no remite únicamente a un personaje ni tampoco a una sola subcultura que desaparece, sus aspiraciones quieren ser más grandes que la localidad regia: al final deja a la reflexión que tal vez lo que ya no está son esas identidades de un México perdido en la violencia.

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