Polvo – José María Yazpik (2019)

El actor José María Yazpik debuta como director de un western a la mexicana (con narcos, efectivamente) en el largometraje de ficción Polvo (2019). Interpreta, también, al “Chato” un narco que regresa a su pueblo natal, San Ignacio, en busca de muchos paquetes de cocaína caídos de una avioneta en su paso al norte. Escribe, junto con Alejandro Ricaño (Mi lista de exes (2018)) un guion supuesto muy personal, pues el propio Yazpik vivó parte se su vida en Tijuana.

Yazpik el chato comienza la película castigado por su jefe narco y emprende la búsqueda del cargamento perdido para no ser asesinado, llega a San Ignacio después de que diez años atrás emprendiera un viaje para convertirse en actor de Hollywood (¿por qué? nadie sabe…). Descubre que tiene un hijo ya crecidito con la que fuera su novia (Mariana Treviño sin chiste), que su mejor amigo es el sheriff del pueblo y su propio padre el mayor. Pide a todo el crédulo pueblo el intercambio de los paquetes de “medicamentos”, así en chinga, por 150 dólares cada uno. Entonces el crédulo pueblo los junta y sin más el Chato les paga, se salva el pellejo y se va.

Yazpik el chato presenta una película donde sus personajes, como que sin querer, están inspirados en el Comala más austero que haya existido en el cine mexicano: son como fantasmas que aparecen de la nada sin ningún elemento que nos ayude a crear empatías. Fantasmas de actores que sin hacer comedia no saben qué hacer frente a una cámara inmóvil que recorta el plató hiperarreglado de un pueblito genérico. La edición de Polvo, sorpresivamente de Miguel Schverdfinger (Zama, 2019) parece hecha de un borrón; si la puesta en escena y el recorte de la cámara no ayudaban, la edición hace que Polvo parezca un tráiler interminable de algo que nunca empieza.

Yazpik el chato (y muchos más) como que no entiende que ni Jesús Ochoa ni Joaquín Cosío pueden aparecer ya con frescura en ninguna película que trate de ese México estándar o más bien, Standard Mexico, reproducido de las telenovelas más léperas tales como Sueño en otro idioma, No manches Frida, Escuela para seductores, o como se llame…

Que alguien avise a Yazpik el chato y la producción de Polvo que el cine tampoco es telenovela y más bien a la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas que 10 nominaciones al Ariel constituyen un insulto a todas aquellas películas que no llegan a los ya cada vez menos circuitos de exhibición y distribución para el cine mexicano.

¿Ni en el contexto de una pandemia repensamos cómo el cine puede ser una zona de aliento a algo distinto? ¿O acaso seguimos -ya casi como requisito infranqueable- nominando a aquello que recibe la ayuda millonaria de los estímulos económicos del propio IMCINE porque si no qué vergüenza? Polvo (2019) reafirma ya no la crisis acostumbrada del cine ficcional mexicano, sino una especie de pesadumbre asimilada frente a los “compadrazgos” que absorben cualquier intento de un cine ostensible que valga la pena.

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