Sin señas particulares – Fernanda Valadez (2020)

Cuando los créditos finales de una película acaban, cuando pasan todos los nombres involucrados en la producción de un largometraje y el murmullo de las voces regresa a una sala de cine, usualmente podemos decidir si la película nos gustó o no, si cumplió con nuestras expectativas o no. Pero las menos de las veces llegan historias donde no lo sabemos inmediatamente, ni horas ni días después, donde al final solo hay silencio.

El día de ayer se estrenó en el Festival de Morelia el primer largometraje de ficción de la directora mexicana Fernanda Valadez, con funciones presenciales y en línea. Aunque no asistimos a Morelia y desafortunadamente esta pandemia nos impide experimentar en persona el ambiente de una sala de cine al terminar la película, imagino a las audiencias desde sus casas, viendo en la pantalla de sus computadoras la complejidad sentimental que genera Sin señas particulares (2020).

Magdalena ve a su hijo marcharse de su hogar en Guanajuato para cruzarse del otro lado en busca del sueño americano, nunca recibe noticias de él y decide ir a buscarlo. Miguel es deportado tras cinco años viviendo en Estados Unidos. Ambos se encuentran en Ocampo donde también observan y viven el peligro de la delincuencia organizada, de la violencia extrema, de la danza del Diablo sobre las esperanzas de una vida mejor y sobre la inocencia.

Fernanda Valadez y la fotógrafa Claudia Becerril Bulos recrean desde testimonios textuales reales una amarga ficción que concentra las problemáticas de la identificación de cuerpos, el peligro de la migración, la gestión territorial del crimen organizado y la tristeza de perder lo más sagrado. Pero su antítesis estética nos lo muestra con una fotografía hermosa, a un ritmo pausado, lleno de silencios justos para hacer de una historia con alcances generales algo muy personal que carcome las entrañas de quien reconoce un país lleno de potencias naturales y sociales sumidas en la emergencia de una guerra silenciosa.

¿Cuál es la pertinencia de otra película sobre la violencia en México? ¿No ya estamos hastiados y esas imágenes pierden, desgraciadamente, su efecto de shock? Para acercarnos a esas respuestas podemos decir con firmeza que Sin señas particulares no se inserta fácilmente entre “esas otras” películas y que el hecho de lograr poner en duda nuestra capacidad de asombro podría ser, o no, la señal de que aún queda alguna compasión en nosotros espectadores.

Al final de Sin señas particulares hay silencio, y lágrimas. Esta película realizada principalmente por mujeres desata insatisfacciones y desesperanzas a un ritmo continuo. No creo que alguien pueda decir genuinamente que le gustó esta película. O nos engañamos dentro de una burbuja segura llena de privilegios o no entendemos que la belleza dentro de la cruda realidad de México no puede existir ya. Pero la película está ahí, y entonces nosotros podemos repensar qué sensibilidades nos son afectadas tras estos estímulos, qué es lo que hacemos, acaso, desde nuestras zonas comunes para finalizar con otro tipo de violencias, qué, al fin y al cabo, debemos hacer para habitar un lugar mejor.

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