Parásitos (기생충) – Bong Joon-ho 2019

La consecuencia genealógica de Un asunto de familia (2018) de Hirokazu Kore-eda, premiada por la tríada de amigos Alejandro González Iñárritu, Yorgos Lanthimos y Paweł Pawlikowski en el pasado festival de cine de Cannes consiste en una tragicomedia de la Corea del Sur desterritorializada y a mitad de la simbiosis de sus clases sociales, satirizada por un guion esquizofrénico de su mismo director, sentimentalizada por un meta-meta-relato final que conecta con el rezago vívido de los llamados países de ‘tercer’ mundo. Séptimo largometraje del director surcoreano que entretiene, gusta y resuena.


La familia de Ki-taek habita un semisótano en un barrio pobre de Corea del Sur, viven de pequeños trabajos que consiguen al día y que son mal pagados. Ki-jung y Ki-woo, los hermanos jóvenes de la familia, comienzan a trabajar en la casa de la adinerada familia Park, a expensas de la inocencia de la señora Yeon-kyo que trata de darle la mejor educación a sus hijos. Poco a poco toda la familia de Ki-taek logra adentrarse en la casa Park montando una farsa delirante hasta que el abrupto visceral de las clases bajas-pobres ponga fin al montaje.

La metáfora más vívida comienza en la primera toma, el semisótano de cualquier barrio pobre de Corea es fumigado por la sanidad pública, orinado por el vagabundo del barrio, habitado por una hacinada familia Taek sin el preciado internet. Sobre-viven día con día, Ki-Taek padre (súper interpretado por Song Kang-ho -en un papel también posiblemente consecuente del general norcoreano Oh Kyeong-pil en busca de venganza en Área común de seguridad (2000)- y esposo de Chung-sook (Jang Hye-jin) ex-medallista en lanzamiento de martillo, con sus hijos Ki-jung y Ki-woo, jovenes rezagados de una educación de difícil acceso cuando no exclusiva para las clases medias y altas.

Ki-woo sube las escaleras del semisótano y gracias a un amigo suyo es recomendado para dar clases de inglés en un barrio rico de la ciudad. Ki-woo sube la ladera y se adentra en una mansión de diseño adornada por bonsáis, ahí conoce a la señora Yoen-kyo (papelazo inocente de Cho Yeo Jeong) y a la ama de llaves Moon-gwang, preocupadas por la educación sofisticada de sus hijos. Logra adentrarse en confianza familiar y comienza el parasitismo social. Ambas familias son retratadas con precisión de una cámara milimétrica a través de los vértices y rincones de una arquitectura planeada desde un principio. Así como su guion, el diseño de producción de una exactitud inusitada demuestra que el cine asiático es alucinante y poco tiene que ver con la improvisación o las obras abiertas. La concreción del guion, los personajes y los espacios es tal que poco existe fuera de su sátira.

La progresiva clásica puesta en escena se desarrolla con la mayor naturalidad a un ritmo continuo, acompañada de un tema musical de disonancia que augura la visceral repercusión de tanto lujo lustroso; una comicidad feliz se encuentra con el temor de que algo malo sucederá. Esta disonancia que resuena en los últimos veinte minutos, corta de un tajo dos historias completamente distintas pero unificadas en el mismo relato gracias a las dotes poli-genéricas de su director. Su sello, como en otras películas, es deambular entre escenas cómicas y grotescas con repentinos cambios de humor, dotando a la película de un realismo total que no deja escapar a sus espectadores.

El señor Kim conoce todas las calles debajo del paralelo 38, frontera con Corea del Norte, suele tener planes para los malos ratos que la vida le ponga por delante y entristece de repente cuando la violencia le recuerda, de un golpe, que planificar lleva irremediablemente a la decepción. En cierta escena le dice a su hijo que lo mejor es no hacer planes, que en tal situación poco importa que traiciones a tu país o que mates a una persona. El desplante del padre sucede en el contexto de las clases oprimidas e ignoradas; de las personas que se sumen en laboriosas horas de trabajo, que recorren largos trayectos en el metro y que remedian una humilde profunda limpieza de sus pocas ropas. Gestos que traspasan el cotidiano de un país asiático y llegan a un lugar como México clara e inmediatamente.

Bajar las escaleras a las cloacas o a los barrios pobres es sumirse de nuevo en lo real-fantástico de su situación, pareciera que es natural el transcurso de las cosas tal cual acontecen; el señor Park trabaja en una empresa de tecnología y gana lo suficiente como para mantener a las dos familias, los rezagados pueden solo aspirar a entrar a una buena universidad para luego trabajar y hacer lo mismo, poniendo todo el esfuerzo delante de ellos.

El parásito, aquí preguntamos, ¿es realmente la clase social que hace uso de los conocimientos kinestésicos, la memoria, el oficio y la sabiduría fuera del circuito producción-reproducción del sistema neoliberal que bajo sus propias semióticas llama parásitos?, ¿o es, acaso, el sujeto que desterritorializa un paisaje antes-ya-habitado, que toma la cúspide simbólica y real de la ladera -a la que aspiramos- y re-dirige los recursos, traga y deshecha, manda y ordena por las cañerías los residuos de su cimiento y reproduce un juego que en realidad nadie quisiera jugar?

Parásitos es una película llena de géneros distintos que deja reír como deja llorar, con algunos personajes que da la impresión haberles visto en otro lugar, logra una familiaridad como solo pocos directores y más directoras logran hacerlo, de un guion inteligente apto para todas las circunstancias; tal vez su único defecto sea la corretiza obligada para leer y leer, su ritmo frenético que con más minutos pudiera subsanar.

La breve apología de Bong Joon-ho aparece cuando explica que los Park son ‘nuevos ricos’, pero aún con esto, el desenlace deja en claro que la despersonalización de estas historias, o sea, la fábula que deja, tiene origen en el momento en que el socius agarra a los personajes y los despoja de sus aspiraciones, su salud mental, castigo que lleva por el via crucis legaloide y los deshecha en el lugar donde comenzaron, debajo de las escaleras.

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